Quien llega a Trevelin en octubre suele ir por una sola razón: el Campo de Tulipanes. Y tiene sentido. Más de un millón de flores de todos los colores, la cordillera nevada de fondo y un valle que, por unas semanas, parece de otro país. Es el corazón de la primavera acá, y lo celebramos.

Pero los que vivimos en el valle sabemos que los tulipanes son el centro de una historia más larga. La primavera no florece de golpe: florece por capas.

Primero llegan los ciruelos, con su rosa pálido, todavía con el aire frío de la cordillera. Después los narcisos, que en octubre pintan de amarillo jardines, banquinas y chacras. Casi al mismo tiempo, el diente de león silvestre tapiza los campos de un amarillo tan intenso que, visto desde la ruta, parece que el pasto se prendió fuego de luz. Los cerezos y los manzanos abren sus flores blancas y rosadas en las chacras, y con ellas empiezan a asomar, sin que nadie lo vea todavía, las cerezas y las manzanas del año que viene en la mesa.

Más adelante, ya entrando en noviembre y diciembre, el valle cambia de paleta. Las retamas se llenan de amarillo en las laderas y los bordes de los caminos. Los lupinos levantan sus espigas violetas, rosadas y azules a la vera del camino y de los arroyos. Y en el Campo de Tulipanes y sus alrededores, las peonías toman la posta cuando los tulipanes ya se despiden.

Hay quien dice que la primavera patagónica es corta. En Trevelin es más bien larga y escalonada: una flor le pasa la posta a la otra durante casi tres meses.

En Arroyo Blanco miramos esta secuencia con una atención particular, porque de ella depende lo que ponemos en la botella. Las cerezas y las manzanas que usamos nacen de estas mismas flores. Las hierbas y los botánicos que maceramos crecen en este mismo suelo, con esta misma luz y este mismo frío. No hay atajo posible: lo que el valle da, se toma. Lo que no florece, no se cosecha.

Por eso nos gusta pensar que un buen vermut patagónico tiene algo de primavera guardada. No porque lleve flores en la receta, sino porque lleva el ritmo de un lugar que se toma su tiempo para florecer.

Si venís a Trevelin en estos días, pasá por el Campo de Tulipanes. Es un espectáculo y vale la pena. Pero también mirá hacia los costados: la banquina amarilla, el manzano blanco de una chacra, la última rama de un ciruelo que se resiste a irse. Ahí también está el valle.

Y cuando caiga la tarde y la luz se ponga larga, una copa de vermut, hielo y una rodaja de naranja. Sin apuro, como florece todo acá.

 

Arroyo Blanco. Vermut artesanal, patagónico, sin atajos.